Espacios narrativos CYL

Lugares literarios de Castilla y León

Los nuevos mapas. Espacios y lugares en la última narrativa de Castilla y León.

  • Año: 2012
  • Espacio real:
  • Espacio imaginario:

  • Autores
  • Vallecillo, Ángel

    Abella, Rubén


  • Textos representativos

    ÁNGEL VALLECILLO. TEXTO 1:

    El hombre, desde que es engendrado hasta que muere, vive físicamente en un útero. El tamaño, forma y ambiente de este útero condiciona su vida. El escritor, como intérprete de la realidad, forja su ser condicionado por su entorno (úteros de diferentes tamaños: habitación, casa, pueblo, meseta).

    El útero castellano (mesetario) es grande, amplio, abierto, sin recovecos, sin laberintos, bidimensional. El hombre a la intemperie. El pueblo es otro útero y la casa otro más. El útero de la casa mesetaria gira en torno al hogar, el calor; cuanto más alejado de su centro, más a la intemperie estás. Lo mismo sucede con el pueblo, cuyo centro de útero es la plaza, la iglesia (otro útero en sí mismo). El pueblo castellano es un útero circular, en anillos […]. Es el escritor mesetario, por tanto, alguien que escribe en y por un útero desnudo, sin fronteras, diáfano, a la intemperie, un útero donde es imposible guarecerse y donde todo se ve, donde es fácil ver venir el peligro en la distancia […]

    El útero de la montaña es otro. Es laberíntico, verde, húmedo (el verde como sinónimo de falta de esfuerzo, la naturaleza conservando el alimento sin cuidarlo), es oscuro, sombrío, con recovecos, como el bosque. El pueblo montañés no es tan concéntrico ni redondo como el mesetario, está disperso, con sub-úteros aislados. En literatura, el hombre montañés no recibe tan claramente lo que ve; el útero que forja su carácter es salvaje, su realidad visible está condicionada por el juego de la luz al chocar contra los objetos, en elementos, al contrario que el mesetario, donde la luz se derrama sin chocar con nada que no sea la tierra plana y desnuda, desamueblada. El útero montañés crea seres más individualistas, subjetivos; genera sub-úteros en forma de caseríos independientes, lugares de autodefensa: de ahí la familia como clan, separado del vecino; en cambio el pueblo castellano funciona de una forma más feudal, con el castillo o iglesia como protector central, con conciencia comunitaria, comunista, vigilada.

    El segundo límite físico del útero, mesetario o montañés, es el cielo. El cielo mesetario es de una inmensidad colosal, divina, es un reflejo de la tierra o viceversa: la meseta celeste. Es un cielo que está ahí para verlo todo, para ocuparlo todo. El castellano sabe que Dios le ve. El cielo mesetario es Dios. Es quien castiga y gratifica. Es él quien provee, él quien condiciona el hambre. La tormenta en la literatura mesetaria es el presagio del castigo: el granizo, los rayos mortales, pero también la helada, el agosto, la muerte por insolación. El montañés, en cambio, tiene su propio pedazo de cielo. El suyo. Es mucho más pequeño, no es un cielo sino un techo, un pequeño pedazo limitado por las montañas, un claro de bosque. El verdadero Dios del montañés es la montaña en sí, y es ésta quien puede matar: por su fauna, por su escarpadura, por su condición laberíntica. Para el castellano la meseta es suelo y espacio abierto: todo se ve venir, hasta las desgracias del cielo. Para el montañés la vida es la sorpresa al doblar un barranco, una escarpadura, la mutabilidad del bosque, su invisibilidad, el juego espectral del la luz que fuerza la imaginación hacia lo fantástico.

    Todo esto me lleva a dividir Castilla y León en una literatura de meseta y otra de montaña. La literatura mesetaria es como su útero: seca, diáfana, silenciosa, paciente, lenta, sin sorpresas, de sol a sol, en la creencia de que Dios, a través de su manifestación (el útero celeste), castiga, mira a los hombres, ve todo cuanto hacen. […] La visión mesetaria es como su tierra, bidimensional (las cosas son blancas o negras, buenas o malas, nobles o traidores, justas o injustas, las dos Españas). La literatura de montaña es tridimensional en sí misma, hay lugar para la fantasía, para la imaginación, para la sorpresa, para el peligro inminente. El escritor montañés como oso solitario que vaga por el laberinto de la montaña, siempre distinto, abriendo nuevas sendas, como rey de los animales, como habitante del bosque, escondido del cielo, de la vista de los demás y de Dios, de ese Dios que en la meseta todo lo ve y juzga y castiga… (87).

    RUBÉN ABELLA. TEXTO 2:

    El espacio es crucial en mis ficciones, y me atrevería a decir que en las de cualquier escritor. La historia que Juan Rulfo nos cuenta en Pedro Páramo sólo puede suceder en un lugar llamado Comala, un “pueblo sin ruidos”, hecho de casas vacías y aire caliente. Lo mismo ocurre con el Budapest de Sándor Márai, el San Petersburgo de Dostoievski, la Castilla de Miguel Delibes o el Newark de Philip Roth. Una de las primeras cuestiones que me planteo antes de embarcarme en un proyecto narrativo —en especial si se trata de una novela— es dónde sucede, pues el lugar determina la acción y, en buena parte, la forma de ser de los personajes (55).

    RUBÉN ABELLA. TEXTO 3:

    En cuanto a La sombra del escapista, debo señalar que la historia que en ella se cuenta no sucede en Valladolid —ciudad existente y palpable—, sino en una ciudad inventada, sin nombre, que guarda ciertas similitudes con la geografía de mi infancia. Este vínculo, por supuesto, no es casual, sino buscado. Los paisajes conocidos, aunque luego yo los transforme para acomodar en ellos mis tramas, me ayudan a crear ficciones creíbles. El Valladolid del que parto en La sombra del escapista es un referente subjetivo, fragmentario y profundamente “filtrado” por la imaginación y el lenguaje. No es mi intención que los lectores lo reconozcan, ni tampoco lo contrario. (57).

    RUBÉN ABELLA. TEXTO 4:

    La calle Luna podría considerarse un trasunto de la calle Magallanes en la que crecí. Un trasunto hecho metáfora, claro, remodelado, adaptado a mis necesidades narrativas. Lo mismo ocurre con el paseo de Puerto Lápice, que además de un guiño al Quijote —como la plaza del Triste, en referencia al Caballero de la Triste Figura—, podría entenderse como un hijo literario del paseo de Zorrilla. El cine Avenida es un cine inventado —nunca hubo un cine en la calle Magallanes— que lleva un nombre real. El Largo Adiós, el bar que regenta Galiano en la novela, poco tiene que ver con el cafetín que hay frente a la catedral de Valladolid, y mucho con el bar Reinoso de la calle Magallanes. La última vez que pasé por allí, hace ya muchos meses, lo encontré cerrado, no sé si para siempre. La casa de don Braulio es totalmente ficticia. El pueblo de Goliat podría ser Astorga —escenario de muchos de mis veranos—, y al que va a veranear Beatriz con su familia se parece bastante a Castrillo de los Polvazares. Otros referentes “rastreables” son el puente de hierro, la chopera del río y la iglesia de los franciscanos. Pero, insisto, para mí lo importante es que la ficción se sostenga, no en qué medida está basada en elementos reales. (57).

    RUBÉN ABELLA. TEXTO 5:

    Es curioso y les pasa a otros autores, el hecho de tener que viajar miles de kilómetros, de tener que pasar muchos años para que un día te sientes a escribir y escribas sobre lo que tú has visto cuando eras niño. Y a mí eso me ha pasado. La novela se articula alrededor de cosas que yo he conocido, es una cosa natural porque es lo que más he tenido cerca en mi vida, y además una cosa muy práctica porque es lo que mejor conozco. (58).

     

Inicio | Buscador | Índice | Acceder

Aviso legal    © 2020  Tictac Soluciones Informáticas